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“El fútbol como un espejo de la condición humana”, primera parte

septiembre 10 de 2015

Dr. Tamir Bar-On - @OnTamir

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 Dr. Tamir Bar-On, Profesor de Relaciones Internacionales y Humanidades, Tec de Monterrey, Campus Querétaro

 

Como he sido profesor universitario en México desde 2009, soy indudablemente un entusiasta seguidor de El Tri (Selección nacional de fútbol de México). Realmente pensé que el 2014 iba a ser el año en el que México pasaría a cuartos de final por primera vez desde el Mundial de 1986. Todo iba bien hasta el minuto 75. México estaba liderando 1-0 gracias a un brillante golpe desde la distancia por parte de Giovani dos Santos. Fue un momento de pura magia.  Sin embargo, lo que ocurrió más tarde cayó como un baldado de agua fría; una Holanda renovada y un México que de un momento a otro no pudo mantener dos pases seguidos. Los mexicanos dejaron a los holandeses jugar. Permitieron que Holanda controlara el medio campo. Inclusive podríamos cuestionar los cambios realizados por el director técnico mexicano Miguel Herrera, que incluyó a Javier Aquino por el peligroso Giovani dos Santos. Por otro lado, el talentoso delantero mexicano Javier ‘Chicharito’ Hernández difícilmente tocó el balón cuando entró.  Los siguientes 15 minutos estuvieron completamente dominados por Holanda.  El maestro detrás de la gran jugada en el medio campo fue el incansable Wesley Sneijder, quien anotó un gol de crack en el minuto 88. Mis amigos y yo nos quedamos en silencio. No podíamos creerlo. Estábamos conmocionados. Habíamos estado tan cerca de la victoria. Después Arjen Robben entró a la lucha de nuevo,  haciendo trampa por tercera vez en el partido y simulando una falta con la que finalmente obtuvo un penalti. ¿Por qué Robben no cobró el penalti? ¿Acaso dejó a Klaas-Jan Huntelaar cobrarlo para así desviar la atención por su antiética acción?  Si a Robben le hubiesen sacado tarjeta por sus simulaciones anteriores, México habría tenido una oportunidad en la prórroga. Con Guillermo Ochoa, uno de los mejores arqueros en el torneo, México podría haber ganado en penaltis. Pero no fue así. Los mexicanos se relajaron y de un momento a otro empezaron a perder gran cantidad de balones en el medio campo.  Una oportunidad de oro se perdió.  Una generación de oro fue derrotada.  Un equipo con un gran corazón se olvidó de que un partido dura 90 minutos.

 

Escribiendo en The New Republic, el periodista mexicano Leon Krauze quiso decir esto a su hijo de seis años, “Yo le quería decir a mi hijo que de pronto teníamos una maldición. Le quería decir que no había una explicación racional que pudiese dar cuenta del por qué hemos perdido los últimos 30 años”.  Podemos insultar al árbitro y podemos quejarnos de la FIFA por no hacer repeticiones instantáneas de las jugadas. Y deberíamos. Así como Simon Burnton de The guardian  claramente escribió, “La FIFA debe actuar para disuadir a los simuladores como el holandés Arjen Robben.” Burnton se refirió a la “falta de castigo” de Robben por sus frecuentes simulaciones en el partido contra México y en otros cuantos encuentros como “una vergüenza para el fútbol”.

 

Pero incluso el entrenador mexicano Miguel Herrera admitió, así como lo hacen los líderes, que México perdió el juego. México había sido culpable por la derrota, ninguna otra fuerza externa al equipo. Ninguna conspiración. México le dio a Holanda la esperanza. Defendieron como nunca el primer gol. Luego empezaron a perder posesión del balón fácilmente y con frecuencia después de los 75 minutos. México fue el mejor equipo del día, pero Holanda fue más eficiente. Pero además, también tenían que agradecer a Robben porque él sabía que sus simulaciones no eran correctas y, sin embargo, continuó haciéndolas, pues tanto los árbitros como la FIFA le dieron luz verde para que actuara de esa manera. Robben hipócritamente admitió después del partido que efectivamente sí había hecho simulaciones durante el encuentro, pero no en la falta que pitaron casi terminando el juego. Yo conté tres simulaciones de Robben, dos en una jugada anterior, y una muy clara cuando fue incorrectamente premiado con un penalti, como dijo el capitán del equipo mexicano Rafael Márquez cuando expresó su disgusto.

 

Márquez y México volvieron a casa y el quijotesco sueño mexicano de ganar la Copa del Mundo se evaporó en el caluroso aire de Fortaleza. Ganar la Copa del Mundo refleja desequilibrios geopolíticos en el poder mundial, por lo que sólo Brasil (5), Italia (4), Alemania (3), Argentina (2), Uruguay (2), Inglaterra (1), Francia (1) y España han ganado un mundial. En resumen, sólo 8 países han ganado la Copa del Mundo, todos ellos o europeos o suramericanos,  pues son naciones que tienen una tradición profunda de fútbol.  Sin embargo, este tipo de realidades no detiene a los hinchas mexicanos, colombianos, costarricenses, iraníes, o bosnios de seguir creyendo que un día ellos milagrosamente podrán ganar un Mundial. En la noche de la dificultosa pérdida contra Holanda, el hijo de Leon Krauze “durmió con su amada camiseta verde: sudorosa, pegajosa y olorosa.” Él siguió soñando con El Tri ganando algún día la Copa del Mundo.

 

Los triunfos y las derrotas no solamente son espejos de esas subidas y bajadas relacionadas con la vida, sino que también nos proveen de excelentes oportunidades de liderazgo. Desde las subidas y bajadas en el fútbol, las victorias y las derrotas, hasta las lesiones y adversidades personales, podemos aprender esas cualidades de liderazgo que nos permiten crecer como seres individuales, como equipos y comunidades. Jorge Valdano, ganador de la Copa del Mundo en 1986 con la selección argentina y antiguo director general del Real Madrid, argumenta que el fútbol es similar a una “escuela de la vida”,  pues nos ofrece innumerables oportunidades de liderazgo y lecciones para la superación personal.  Así gane, empate o pierda, el escritor mexicano Juan Villoro ve a la selección nacional de fútbol como una “tribu” y los jugadores en el campo “nos representan”, “defienden” lo que “nos define” y lo que “nos pertenece” y llevan en sus guayos “nuestras esperanzas” y “nuestras “cicatrices”. “El fútbol tiene menos que ver con los triunfos deportivos que con el deseo de formar una comunidad emocional”, argumentaba Villoro en una entrevista para el New York Times en 2013.  En nuestras visitas a “los templos” del fútbol para saborear a nuestros “dioses” del fútbol, el sociólogo de deportes Alan G. Ingham puede ver las profundas experiencias emocionales:

            Sí, perder y ganar son experiencias emocionales importantes, pero lo que realmente es importante, independientemente de que nuestro equipo esté ganando o perdiendo,  es que los fieles se sienten obligados por una fuerza abstracta, más fuerte que ellos mismos, a ir y hacer una adoración en el santuario.  Nosotros compramos símbolos de nuestra devoción aún sabiendo que algunos de ellos como las camisetas “desechables” cambian con frecuencia como parte de una estrategia para hacer dinero (la Premier League Inglesa).  Escuchamos ‘liturgias’ y cantamos ‘himnos’.  Compramos recuerdos para mantener nuestra vida sagrada viva después de nuestras peregrinaciones.

 

En mi libro The World through Soccer: The Cultural Impact of a Global Sport (Rowman and Littlefield, 2014), argumento que el fútbol es una herramienta pedagógica con la que podemos aprender sobre perder y ganar, la vida y la muerte, y sobre el mundo en general, independientemente de la nacionalidad, cultura, fe, edad, género u orientación sexual. Fútbol es un espejo de nuestro mundo y una expresión de nuestras grandes tragedias y esperanzas. El fútbol puede abrir nuestros ojos y corazones a nuevas maneras de ver y de ser, y quizás a un mayor conocimiento e incluso la sabiduría. Si examinamos al mundo a través del fútbol, podemos aprender lecciones sobre la naturaleza humana, el liderazgo, la disciplina y el trabajo duro, el talento, la suerte, el tiempo, las reglas, los valores, éticas, pasiones y razones, individualidad y trabajo en equipo, ganancia y pérdidas, amistad, infancia, amor, cultura, política, negocio y mercado, violencia, espiritualidad, el significado de la vida, alegría, filosofía, arte y literatura, y lucha social. 

 

Del fútbol aprendemos sobre la profunda corrupción en los seres humanos y en las organizaciones, reflejados por ejemplo en el reciente escándalo “FIFA-gate” que llevó a la renuncia del impresionante Joseph Blatter. Tanto de las estrellas inmortales del fútbol como de las alegrías y tragedias aprendemos lecciones relacionadas con la vida, la muerte, las jerarquías y el verdadero significado de vivir. Mientras existen muchas estrellas de fútbol que nacieron en la pobreza, la gran mayoría de los pobres no llegan a jugar fútbol y a las mujeres les es prohibido jugar en algunas partes del mundo. Le damos mucha menos importancia al fútbol femenino comparado con el fútbol masculino. Examinando el mundo a través del fútbol, también podemos aprender sobre la importancia de las memorias. Sabemos que las memorias de nuestra infancia, ya sean como resultado de la camaradería de nuestros propios juegos o la alegría de ver los principales partidos de la Copa del Mundo, nunca las vamos a volver a experimentar otra vez. Esto es dulce, pero a la vez podría decirse que está teñido de tristeza. Los partidos van y vienen. Llevaremos nuestros recuerdos con nosotros a la tumba. Esas memorias algunas veces son dulces y placenteras, recordándonos una y otra vez cuando éramos jóvenes y tal vez cuando el fútbol era diferente, atractivo, y más audaz. Siempre recordaré a Colombia derrotando a Argentina con un 5-0 en Buenos Aires, en uno de los encuentros más hermosos de la historia del fútbol. O esos recuerdos llenos de tristeza y expectativas incumplidas como la de las consecutivas derrotas de México en los partidos de segunda ronda desde 1994. 

 

*Acá la segunda parte

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