El Cinco Cero

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Mi primera vez en el estadio: La superación de un trauma

enero 21 de 2018

Felipe Valderrama - @ValderramaFeli

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El Campin

 

Para muchos asistir a su primer partido de fútbol es cumplir un sueño, dar sus primeros pasos como hinchas, un recuerdo intrascendente de la vida o ni siquiera lo tienen presente en su memoria. Para mí fue un día traumático y pensé que jamás volvería a pisar El Campín.

 

Autor: Felipe Valderrama - @ValderramaFeli

 

Todo comienza con mi abuelo que tuvo el privilegio de ver al Millonarios de ‘El Dorado’ con: Julio Cozzi, el ‘Cobo’ Zuluaga, Raúl Pini, ‘Pipo’ Rossi, Ismael Soria, el ‘Maestro’ Pedernera, Alfredo Di Stéfano, entre otros. Don José tuvo cinco niñas y en aquella época no era común llevar a una mujer al estadio. Sin embargo, el sexto fue varón y ya hubo con quien heredar la pasión albiazul.

 

En el campeonato de 1978 mi abuelo llegó tarde al Palacio del Colesterol y sus amigos, quienes tenían las boletas, no tuvieron más remedio que entrar. Sin ninguna forma de poder comunicarse debió comprar una boleta revendida y a pesar de que “todo niño pagaba” a la fuerza entró a mi tío Martín. Ni siquiera en tribuna pudieron vivir el 3 – 1 ante Santa Fe que nos dio la estrella número 11. El estadio estaba con sobrecupo y desde el vomitorio y en los hombros de Don José mi tío vivió el triunfo.

 

Millonarios no clasificó a las finales en 1979 y el equipo vivía una gran crisis económica. Por tal motivo, el presidente Harry Klein vendió por $13’000.000 a Willington Ortiz al Deportivo Cali. En aquel momento para la mayoría de los hinchas azules los ‘azucareros’ eran el máximo rival y mi abuelo herido en su orgullo decidió que jamás volvería al estadio. Por cierto, ambos clubes le deben el 8% de la transferencia al atacante nacido en Tumaco.

 

Creo que Don José no cumplió su promesa a cabalidad pero lo cierto es que desde los 80, Martín comenzó sus travesías yendo a El Campín con los amigos. Siendo un estudiante de colegio y universidad vivió esa década donde se vio la máxima expresión del narcotráfico en el fútbol colombiano y casi todos los equipos tenían grandes nóminas.

 

El 20 de diciembre de 1987, Martín vivió la estrella número 12 cuando yo apenas tenía 16 días de nacido y un año después llegó la 13. Mario Vanemerak anotó el gol del título de 1988 en Barranquilla, mi tío continuó llamándome Vanemerak y “pidiendo” que me cambiaran el nombre, por supuesto nunca ocurrió.

 

Pero aparte de invertir en equipos de fútbol los narcotraficantes llenaron al país de atentados cobardes en las principales ciudades del país. En mayo de 1989 un carro-bomba explotó en la carrera séptima con calle 56 con el fin de asesinar al Director del DAS, Miguel Maza Márquez.

 

Yo vivía en la calle 57 con carrera sexta y todos los vidrios del apartamento explotaron a pocos centímetros de mi cuna. Sirenas, gritos y lamentos se escucharon mientras mi mamá intentaba consolarme. Aproximadamente una hora después llegó Don José pasando entre gente herida y mucha sangre. Yo solo tenía un 1 año y 5 meses pero el trauma quedó y ante cualquier ruido fuerte o gritos sentía un mucho miedo. Al final morirían 8 personas en ese atentado y el carro blindado salvó la vida de Maza Márquez.

 

El comienzo de la década del 90 fue difícil para Millonarios, se acabó la abundancia de dinero tras la muerte Gonzalo Rodríguez Gacha en 1989. Eduardo Julián Retat asumió como técnico albiazul y el equipo tuvo un buen rendimiento en el todos contra todos terminando cuarto. Le correspondió el Cuadrangular A con Atlético Nacional, Junior y Medellín. En el primer partido empató con el DIM de visitante pero perdió en Bogotá con los ‘tiburones’.

 

Millonarios debía ganar si o si en el doble enfrentamiento ante Nacional para luchar por un cupo al Cuadrangular Final. El 17 de noviembre mi tío decidió llevarme al estadio por primera vez cuando estaba a 16 días de cumplir 4 años. No entiendo cómo mi mamá le dio permiso pero Martín estaba decidido a seguir la tradición azul en la familia.

 

Un amigo de mi tío me cargó casi todo el tiempo pero en mi vago recuerdo sé que desde un comienzo no viví una tarde cómoda. Trompetas, gritos y sobretodo los tambores que sonaban en oriental numerada me llenaron de temor. Ni siquiera creo haberle puesto atención a los insultos que se agudizaron en los primeros 45 minutos cuando Millonarios iba perdiendo 0 – 2. El equipo del ‘Bolillo’ Gómez contaba con una gran delantera conformada por Faustino Asprilla y Víctor Aristizábal, este último marcó el doblete.

 

Para calmarme un poco me compraron una colombina pero lo único que quería era irme a mi casa. Para la parte complementaria expulsaron al ‘Chicho’ Serna y descontó Néstor Pizza en un tiro libre indirecto en el área. Posteriormente recibió tarjeta roja el ‘Chonto’ Herrera y en los últimos minutos Arnoldo Iguarán descontó con un cabezazo.

 

Ese estallido de emoción fue lo peor para mí. La tribuna oriental temblaba y yo sentía que el estadio se iba a caer. Por supuesto los demás estaban acostumbrados y muchos no entendían mi llanto y angustia. Mi primo de 5 años intentaba calmarme pero yo era inconsolable. Salir de allí fue lo mejor que me pudo pasar ese día.

 

Asustado llegué a la casa de mis abuelos y mi tío no llegó conforme porque Millonarios necesitaba un milagro para llegar a la final. Creo que yo mismo hice la promesa que un día hizo mi abuelo: “Jamás volveré al estadio”. Pero al igual que él también rompí la promesa a pesar de aumentar mi miedo con el carro-bomba de 1993 en la calle 72 con carrera quinta cuando estaba a unas pocas cuadras. En 1994 regresé de lleno a El Campín, el miedo seguía pero con el paso de los partidos logré superarlo y disfrutar el ambiente así como a un jugador que debuta le cuestan sus primeros partidos.

 

Hoy  lamentablemente es una locura llevar a un niño de 3 años a ver un Millonarios vs Nacional. Yo tuve el privilegio de hacerlo gracias a mi tío y la tradición albiazul de mi familia. Todavía no tengo hijos aunque si los tengo creo que es imposible que repita mi historia. Sin embargo, confío que en algunos años sea posible poder llevar a un niño de 3 años a un estadio y que el único “miedo” que exista sea enamorarse de un equipo de fútbol. 

 

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